Cosas que leo #125:

    Napoleón en Chamartín, Benito Pérez Galdós

    «—No es suicidio, no. La ley ineludible de la Patria me ha puesto en un lugar que debo defender, aun a costa de la vida. ¿Qué vienen fuerzas superiores? ¡Pues que vengan! La Patria me manda esperar tranquilo, y la Ley me veda el apartar los pies de aquel sitio. ¿No morirían los mártires por la Religión? Pues la Patria es una segunda religión, y antes que faltar a su ley, el hombre debe morir. ¿Y qué es la muerte? Los necios se asustan de la muerte, porque la muerte les quita el comer y el gozar. ¡Mentecatos! ¿Por ventura no son mejor comida y mejor goce los de la bienaventuranza eterna? Ve ahí a mi esposa. Cierto que me aflige dejarla; pero sé que la perderé de vista tan sólo por algún tiempo, y que sus virtudes la llevarán luego a donde la tenga delante de mis ojos durante eternidades, sin cuya compañía creo que el mismo Cielo me sería fastidioso. ¡Morir! ¡Ahí es gran cosa morir, y apañado tienes el ojos! ¿Pues acaso el morir es mal que puede compararse siquiera al dolor de un rasguño recibido en la Tierra? Y si el morir no es nada para el miserable cuerpo, ¡cuan grande y fausto suceso no es para nuestra alma, mayormente si por la nobleza de nuestro fin nos empingorotamos sobre todas las cosas nacidas! ¡Morir por la Patria; morir en el puesto que a uno le marca su deber; morir no por conquistar un pedazo de tierra, ni por un cacho de pan, ni por una baja ambición, sino por una cosa que no se ve ni se toca, cual es una idea y un sentimiento puro! ¿No es equipararnos a los santos del Cielo y acercarnos a Dios todo lo que acercarse puede una criatura?»

    Nº de páginas: 272

    Editorial: ALIANZA EDITORIAL

    Idioma: CASTELLANO


    Cosas que leo #124:

    Bailén, Benito Pérez Galdós

    «Los mirábamos y nos parecía imposible que aquéllos fueran los vencedores de Europa. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un juego de títeres, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa, resonó en Europa tanto como aquella derrota, que fue, sin disputa, el primer traspiés del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, probaría, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las naciones son invencibles.

    —¡Cuánto siento que no esté aquí el señor de Santorcaz! —me dijo Marijuán al ver pasar por delante de nosotros aquellos hermosos soldados, medio muertos de fatiga y de vergüenza—. ¿Te acuerdas de las grandes bolas que nos contaba cuando veníamos por la Mancha y nos refería las batallas ganadas por estos contra el mundo?

    —Lo que nos contaba Santorcaz —respondí— era pura verdad; pero esto que ahora vemos, amigo Marijuán…, verdad es también.»

    Nº de páginas: 232

    Editorial: ALIANZA EDITORIAL

    Idioma: CASTELLANO


    Cosas que leo #123:

    El 19 de marzo y el 2 de mayo, Benito Pérez Galdós

    «Pujitos era lo que en los sainetes de Don Ramón de la Cruz se señala con la denominación de majo decente, es decir, un majo que lo era más por afición que por clase; personaje sublimado por el oficio de obra prima, el de carpintero o el de platero y que no necesitaba vender hierro viejo en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas, ni cortar carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero, ni vender aguardientes en Las Américas, ni machacar cacao en Santa Cruz, ni vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas allá por el Portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del hospital de la V. O. T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente a expensas de una mondonguera o castañera, o de alguna de las muchas Venus salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con un pie en la clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro de obra prima; pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia a las trapisondas y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las costumbres se distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito, Majoma y otras notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar las cortes y sitios reales de Ceuta, Melilla, etc…

    Pujitos era español. Como es fácil de comprender, tenía su poco de imaginación, pues alguno de los granos de sal, pródigamente esparcidos por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No sabía leer y tenía ese don particular, también español neto, que consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye, pero exagerando o trastornando de tal manera las ideas, que las repudiaría el mismo que por primera vez las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero, de esos que en todas épocas se distinguen, por creer que los gritos públicos sirven de alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de cuatro personas, y tenía todos los marcados instintos del personaje de club; pero entonces no había tales clubs ni milicias nacionales, fue preciso que pasaran catorce años para que Pujitos entrara con distinto nombre en el uso pleno de sus extraordinarias facultades. Setenta años más tarde, Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito a dos o tres periódicos, teniente de un batallón de voluntarios, vicepresidente de algún círculo propagandista, elector diestro y activo, vocal de una comisión para la compra de armas, inventor de algún figurín de uniforme; hubiera hablado quizás del derecho al trabajo y del colectivismo, y en vez de empezar sus discursos así: “Jeñores: Denque los güenos españoles…” los comenzaría de este otro modo: “Ciudadanos: A la raíz de la revolución…”

    Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y lo poco que de la soberanía nacional dijeron algunos no llegó a las tapiadas orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones de obreros, ni había periódicos, ni más discursos que los de la Academia, por cuyas razones Pujitos no era más que Pujitos...»

    Nº de páginas: 248

    Editorial: ALIANZA EDITORIAL

    Idioma: CASTELLANO


    Cosas que leo #121:

    Trafalgar, Benito Pérez Galdós

    «Se me permitirá que antes de referir el gran suceso del que fui testigo, diga algunas palabras sobre mi infancia, explicando por qué extraña manera me llevaron los azares de la vida a presenciar la terrible catástrofe de nuestra Marina.

    Al hablar de mi nacimiento, no imitaré a la mayor parte de los que cuentan hechos de su propia vida, quienes empiezan nombrando su parentela, las más veces noble, siempre hidalga por lo menos, si no se dicen descendientes del mismo Emperador de Trapisonda. Yo, en esta parte, no puedo adornar mi libro con sonoros apellidos; y fuera de mi madre, a quien conocí por poco tiempo, no tengo noticia de ninguno de mis ascendientes, si no es por Adán, cuyo parentesco me parece indiscutible…»

    Nº de páginas: 184

    Editorial: ALIANZA EDITORIAL

    Idioma: CASTELLANO


    Cosas que leo #115:

    En la orilla, Rafael Chirbes

    «A partir del punto en que convergen las dos carreteras, jalona la cuneta una veintena de putas que se dejan lamer por el sol de invierno. Están sentadas en sillas de plástico junto a los cañaverales, o paseando por el arcén: se pintan las uñas, se miran en el espejito de la polvera, hacen solitarios, fuman ante desvencijadas mesitas de plástico, visten tangas que muestran muslos y glúteos, y chaquetitas desabotonadas que dejan ver las tetas, pese a que los rayos solares de diciembre no consiguen sorber la humedad que impregna el ambiente de la zona, un barrizal entre el pantano y la playa, ni amortiguan el frío, que deja sentir su zarpa un día como el de hoy en que la fina brisa sopla de mistral. Las mujeres que permanecen de pie dan nerviosos paseos de ida y vuelta, apenas unos metros en cada dirección, como si en vez de estar junto a la carretera permaneciesen encerradas en una celda (varias han de haber aprendido ese tonificante ejercicio en la cárcel). Gesticulan, se abren de piernas, o se agachan para izar las nalgas en dirección a la calzada, alertadas por el ruido del motor de un camión o por el claxonazo con que las obsequia un chófer. Se levantan el vestido más arriba de las tetas para mostrarles el cuerpo desnudo a los camioneros, a los ocupantes solitarios de las furgonetas que llevan impreso en las portezuelas el logotipo de empresas de mensajería, cerrajerías, cristalerías o distribuciones alimentarias: muslos y pechos de mármol blanquísimo o amarillento, cuerpos rosados, carnes color de café con leche, y de café solo, o, como antes se decía, de ébano, relucen bajo la quebradiza luz de la mañana: un muestrario de todas las razas (muy raras veces alguna oriental —chinita o camboyana, o tailandesa—, pero se encuentran, claro que sí) en el que predominan mujeres llegadas de la Europa del Este, mujerío de carnes de un blanco azulado y fosforescente, que parecen emanar luz en vez de recibirla…»

    Nº de páginas: 448

    Editorial: ANAGRAMA

    Idioma: CASTELLANO