
«Pujitos era lo que en los sainetes de Don Ramón de la Cruz se señala con la denominación de majo decente, es decir, un majo que lo era más por afición que por clase; personaje sublimado por el oficio de obra prima, el de carpintero o el de platero y que no necesitaba vender hierro viejo en el Rastro, ni acarrear aguas de las fuentes suburbanas, ni cortar carne en las plazuelas, ni degollar reses en el matadero, ni vender aguardientes en Las Américas, ni machacar cacao en Santa Cruz, ni vender torrados en la verbena de San Antonio, ni lavar tripas allá por el Portillo de Gilimón, ni freír buñuelos en la esquina del hospital de la V. O. T., ni menos se degradaba viviendo holgadamente a expensas de una mondonguera o castañera, o de alguna de las muchas Venus salidas de la jabonosa espuma del Manzanares. Pujitos estaba con un pie en la clase media: era un artesano honrado, un hábil maestro de obra prima; pero tan hecho desde su tierna y bulliciosa infancia a las trapisondas y jaleos manolescos, que ni en el traje ni en las costumbres se distinguía de los famosos Tres Pelos, el Ronquito, Majoma y otras notabilidades de las que frecuentemente salían a visitar las cortes y sitios reales de Ceuta, Melilla, etc…
Pujitos era español. Como es fácil de comprender, tenía su poco de imaginación, pues alguno de los granos de sal, pródigamente esparcidos por mano divina sobre esta tierra, había de caer en su cerebro. No sabía leer y tenía ese don particular, también español neto, que consiste en asimilarse fácilmente lo que se oye, pero exagerando o trastornando de tal manera las ideas, que las repudiaría el mismo que por primera vez las echó al mundo. Pujitos era además bullanguero, de esos que en todas épocas se distinguen, por creer que los gritos públicos sirven de alguna cosa; gustaba de hablar cuando le oían más de cuatro personas, y tenía todos los marcados instintos del personaje de club; pero entonces no había tales clubs ni milicias nacionales, fue preciso que pasaran catorce años para que Pujitos entrara con distinto nombre en el uso pleno de sus extraordinarias facultades. Setenta años más tarde, Pujitos hubiera sido un zapatero suscrito a dos o tres periódicos, teniente de un batallón de voluntarios, vicepresidente de algún círculo propagandista, elector diestro y activo, vocal de una comisión para la compra de armas, inventor de algún figurín de uniforme; hubiera hablado quizás del derecho al trabajo y del colectivismo, y en vez de empezar sus discursos así: “Jeñores: Denque los güenos españoles…” los comenzaría de este otro modo: “Ciudadanos: A la raíz de la revolución…”
Pero entonces no se había hablado de los derechos del hombre, y lo poco que de la soberanía nacional dijeron algunos no llegó a las tapiadas orejas de aquel personaje; ni entonces había asociaciones de obreros, ni había periódicos, ni más discursos que los de la Academia, por cuyas razones Pujitos no era más que Pujitos...»
Nº de páginas: 248
Editorial: ALIANZA EDITORIAL
Idioma: CASTELLANO

